Un texto original sobre el Torgal

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Estes días estiven lendo e escoitando o libro-disco do Torgal, que recopila textos e cancións para celebrar o seu 15 aniversario. Fixéronme moi feliz pedíndome un texto para o proxecto, no que tamén colaboramos Esposa cunha canción inédita, “Nube branca“, e fun moi feliz tamén ao telo nas mans, especialmente lendo o texto de Fran Gayo e descubrindo cancións fantásticas de grupos e artistas que xa sabía que me encantaban (como Malandrómeda ou Juan Wauters) e outros que tiña moito menos controlados (como Los Hermanos Cubero ou Pescando en Copacabana). O texto penso que se explica só. O trebello pódese mercar aquí, na web de Mont Ventoux. As fotos de cando tocamos Esposa con Peña no Torgal son de Cenizas en el aire. O resto de imaxes de momentos ourensanos atopeinas no móbil, e a das galerías é de La Región.

Le he preguntado a Isaac Torgal si mi texto para este libro tenía que ser en castellano, porque siempre que puedo escribo en gallego. “Sí, será más fácil que alguien lo compre en Murcia si es en castellano”, me ha dicho, y aunque le he contestado “jajaja vale” para no preocuparme me he sentido un poco mal. Me he agobiado un poco, porque no sabía qué escribir sobre el Torgal y su respuesta me añade más presión. En concreto, por dos cuestiones.

La primera cuestión es la originalidad. Me imaginaba siendo el único escribiendo en gallego. Sería fácilmente distinguible del resto de textos. Es cierto que es de vagos basar tu identidad y tu supuesta originalidad en eso, pero también lo es que utilizar un idioma diferente te hace expresarte de otra manera. En castellano, por ejemplo, me caigo peor. Otro ejemplo: hoy por la mañana escuché un disco en galés de Gruff Rhys y no entendía nada pero sonaba muy bonito, y distinto a sus discos en inglés. Una vez conversé con Gruff Rhys en un festival de cultura en lenguas minoritarias en Italia y me habló del Torgal. También de unos compatriotas suyos que le cortaron la pierna al cadáver de un condenado a muerte y fueron a enterrarla junto a la catedral de Santiago. Quizás la idea de Galicia para los músicos y músicas pop internacionales es un poco esa, un bar de Ourense y un monumento milenario. Fue una conversación original. Pero eso no es a lo que iba.

La segunda cosa que me añade presión es esa persona de Murcia. ¿Quién es y cómo puedo interesarle? Primero me imaginé un señor, quizás porque me sonaba el título de esa peli de Fernando Fernán Gómez que no he visto, Ninette y un señor de Murcia. Después pensé en qué sé de Murcia y sé que de allí (bueno, de la Manga) es Lidia Damunt, una de mis cantantes favoritas y que es original y, por lo que he visto en Google, no ha pasado por el Torgal (se lo recomiendo). Y… En realidad no me preocupa mucho lo de Murcia, pero me he decidido por empezar el texto así porque me parecía original, y luego he puesto algo sobre Murcia esperando que su gente valore esta referencia a su realidad en este libro. Quizás allí se pueda comercializar con una pegatina que ponga “CONTIENE REFERENCIAS A MURCIA”. (Decía que en castellano me caigo peor: es porque me sale este tono un poco capullo, como de estar haciéndome el gracioso. En gallego creo que soy más sentido, más emotivo).

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En todo caso, vuelvo al tema de la originalidad, que me preocupa más. Mi primera intuición fue pensar en cosas buenas que decir sobre el Torgal. Luego pensé que este libro estará lleno de esos merecidos elogios y quizás podría hacer lo contrario. Nadie más dirá nada negativo sobre el Torgal en el libro del Torgal, ¿no? Yo tampoco, sería de mal gusto. He intentado introducir aquí una cita de alguien hablando mal del Torgal, así que he buscado “Café Pop Torgal mierda” y “Café Pop Torgal basura” en Google, pero nada. Esto nos indica que se trata de un lugar magnífico, y nos mete en el problema típico de las cosas que ponen de acuerdo a todo el mundo: la falta de conflicto y el consiguiente aburrimiento. Es como lo que decía Orson Welles en El tercer hombre comparando Italia y Suiza: “en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!”.

¿Es el Torgal la Suiza de los cafés pop? En realidad no. He buscado el conflicto y lo he encontrado preguntando a una de mis amistades ourensanas, que no quiere dar su nombre: “El Torgal no querrá publicar nada diciendo que son unos snobs, o que por lo menos esa es la imagen que proyectan antes de conocerlos. Y una vez que los conocemos igual nosotros nos convertimos también en snobs y no lo detectamos”.

Por fin tenemos un poco de chicha. Una acusación de snobismo, de exclusividad, que no voy a desmentir directamente porque me da la excusa para hacer lo que realmente pretendía desde un principio, que es hablar del Torgal para hablar de otras cosas. En concreto, dos cosas verdaderamente conflictivas en las que pienso al pensar en el Torgal. La primera es hasta qué punto nos une nuestro gusto musical a alguna gente (y nos separa de otra). La segunda es Ourense y qué hacer con ella.

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Xente facendo cousas en Ourense

 

Salto al pasado. La primera vez que fui al Torgal fue con mi amiga ourensana Paula, que ahora vive en Francia. Fuimos a ver a Julio de la Rosa mientras mis otros amigos ourensanos veían a Motörhead en Vigo. Recuerdo ver, bajo el cristal de la barra, un montón de fotos, listas de canciones y entradas, entre ellas una del concierto de Jonathan Richman y Tommy Larkins en Santiago. Guardo esa misma entrada desde que tenía 14 años porque Jonathan es mi artista favorito y seguramente mi persona favorita de entre las que no conozco. Cuando tenía 14 años mis amigos no conocían a Jonathan y conseguí que lo adorasen un poco insistiendo mucho. Con el tiempo me encontré cada vez un poco más a menudo con gente que adoraba a Jonathan sin ser por mi culpa, y mi reacción instintiva siempre es de excitación: ¿Habré encontrado un alma gemela?

En consecuencia, ¿son la gente del Torgal mis almas gemelas? Con el tiempo he descubierto que no, y además que no tienen por qué serlo. Normalmente, la gente NO es la música que escucha. Escoge tu ídolo o ídola y tendrá miles o millones de fans gilipollas que definen su identidad con las mismas canciones que tú: es pura estadística. Encontrar almas gemelas es un proceso más complejo que encontrar alguien con quien hablar de, no sé, Epic Soundtracks. Aunque eso también está bien, y seguro que en el Torgal hay alguien con quién hacerlo.

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Y sin embargo, mi problema es que mi idea de la música pop es puramente adolescente: escuchar canciones en tu habitación-refugio llena de pósters y desarrollar una intimidad con ellas que no tienes con otra gente. Esto funciona muy bien para Belle and Sebastian o los Smiths. Es casi un tópico pero no deja de ser bonito y medio cierto (como muchos tópicos). Luego encuentras a más fans y piensas que sufrieron la misma soledad e inadaptación que tú, y te sientes unido o unida al resto de habitaciones-refugio del mundo. No lo llamaría afinidad de gustos, sino más bien afinidad de pasiones. La búsqueda de gente que pueda sentir esas mismas pasiones que tú me parece natural y hermosa. Queremos sentirnos menos solos. En el Torgal, aún sin estar entre almas gemelas, me siento menos solo. Pero he encontrado personas que me han dicho algo parecido a lo contrario, y también es normal: esas comunidades afines excluyen al mismo tiempo que acogen. De ahí la acusación de snobismo al Torgal, supongo, por parte de alguien que querría (más o menos secretamente) formar parte de su comunidad. Tengo una explicación más detallada de otro amigo sobre el funcionamiento de ese “ecosistema”:

“Yo todavía no me considero un regular del Torgal pero voy camino de serlo, de formar parte de su “fauna”. Porque aquello se siente como un ecosistema, en equilibrio pero en constante cambio, y los turistas como yo no pueden siquiera entender la complejidad de las relaciones sociales y de poder que se producen en ese lugar. Ya estáis hartos de oírme, pero siempre me sentía allí como alguien que no está pillando la broma. Por debajo de esa superficie de apariencias y palabras amables hay como un magma subterráneo de significados y códigos ocultos que se mueve lentamente a su propio ritmo y que solo los iniciados pueden sentir. Yo me imagino como un secundario episódico del bar de Cheers en las últimas temporadas, que no se imagina lo que ya vivieron en ese bar y lo que significan los unos para los otros. Pero esa sensación (que sigue ahí) dejó de resultarme inquietante y ahora me pregunto la razón de que el Torgal no llegase a ser nunca mi bar. Si me remonto al instituto, no recuerdo las causas pero siempre consideré el Torgal como el sitio de los “guays”, y no tengo a nadie en la cabeza, eran los guays como ente inmaterial. Como yo me consideraba un pringado dentro de las castas sociales de la enseñanza secundaria pues ya no lo consideraba mi sitio.”

Como antiguo adolescente no popular, entiendo perfectamente la tendencia a odiar lo que es guay por ser ajeno a mí. Creo que en el Torgal deberían estar felices de ser “guays” y cumplir esa función social para alguien. Seguramente las acusaciones de snobismo vienen en parte de nuestro adolescente interior, buscando el lugar donde encajar y frustrado por no encontrarlo. El Torgal da la sensación de ser un club al que merece la pena pertenecer. Y merece la pena odiar a cualquier club al que merezca la pena pertenecer (mientras no formes parte de él). Pero aunque haya ese carácter de club que no es extensible a cualquiera persona que pase por allí, no creo que pretendan excluir a nadie, porque siguen siendo un bar y tratan muy bien a los clientes, te ponen caramelos con las infusiones, cocktail de frutos secos con las cervezas, etc. Una vez un amigo chocó, creemos que accidentalmente, con una foto de Christina Rosenvinge colgada en la pared y la rompió, pero ni David ni Isaac se enfadaron. Una vez otros amigos se bajaron los pantalones en señal de protesta por la selección musical de una pinchada allí y les invitaron a beber si hacían el favor de subírselos. Una solución bastante elegante. Eran buenas oportunidades para excluir a esta gente de ese ecosistema y no las aprovecharon. ¿Qué habrían hecho unos snobs?

Aquí un inciso: ya que estoy hablando de cómo el gusto musical nos une o nos separa de la gente, quería aprovechar esta palestra para rebatir un poco la corriente revisionista del indie (porque el Torgal es un sitio bastante indie) que lo acusa de ser un simple mecanismo de distinción cultural (es decir, lo acusa básicamente de snobismo). Me parece sano e incluso necesario políticamente poner sobre la mesa el absurdo de aquellos grupos “independientes” cantando en inglés y su falta de compromiso político o social, pero me parece un poco cínico acusar a la gente de escuchar grupos para distinguirse culturalmente de los demás, incluso aunque el efecto de distinción exista. Es dar por hecho que las emociones que pueden sentir no son sinceras. Y eso sí es snob, y sí que es irse de original. No quiero caer en un relativismo absoluto, pero creo que debemos asumir que los productos culturales más lamentables y reaccionarios pueden producir en su público las sensaciones más bellas. No sé si escuchar a Australian Blonde te podía o puede hacer más guay a ojos de alguien, pero aunque alguien (no sé quién) lo finja para “molar” (que ya sería retorcido) no significa que otra gente no pueda sentir algo intenso dentro de sí misma con sus canciones.

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Nas escaleiras do concello de Ourense

Me pongo con el tema de Ourense para ir acabando. Ourense es geográficamente un agujero: una ciudad metida en un valle con calor extremo en verano y frío bastante extremo en invierno. Está habitada en su mayor parte por funcionarios y funcionarias y jubilados y jubiladas. Es la capital de la provincia de su mismo nombre, gobernada desde tiempos inmemoriales por la saga política de los Baltar (en realidad desde 1990, pero nací ese año y más atrás no tengo memoria), conocida por cosas como la autodescripción de Baltar padre como “cacique bueno” o la denuncia por acoso sexual a Baltar hijo (archivada). La mayoría de mis amigos ourensanos describen intensamente Ourense como un agujero, también en su sentido figurado. Un lugar al que vuelven a caer cuando sus ambiciones fracasan y tienen que volver a casa de sus padres y madres. Uno de los lugares más envejecidos del mundo, una provincia en la que los principales empleadores son la propia Diputación, Coren (grupo de cooperativas agrícolas) y el Sergas (el servicio gallego de salud), según me dijo otro ourensano. Un lugar que se muere poco a poco y en el que te mueres poco a poco, en el que el alcohol es bueno, fuerte y barato y la comida también.

Una de esas amigas resume el problema así: “La gente que hace, lo hace todo, y el resto se marcha. Bueno, o roba o oposita”. Lo pintan como un sitio sin futuro, especialmente para trabajadoras y trabajadores culturales precarios (que es a lo que nos dedicamos casi todos), ya que la mayoría de iniciativas culturales pasan por las instituciones. En definitiva, a cualquiera le rompe un poco el corazón verse abocado a marcharse de su ciudad con la sensación de que esta no le ofrece nada. O querer marcharse y no ser capaz. Lo pintan como un lugar muy poco esperanzador, pero creo que, a pesar de todo lo malo, se recrean un poco en su sensación de que es una mierda. Mis amigos que no son de Ourense adoran Ourense en general, y está llena de cosas fascinantes, algunas comentadas habitualmente (las termas, las pulpeiras, el puente romano, la catedral, el casco viejo, el propio Torgal, el licor café) y otras no comentadas casi nunca, como sus sorprendentemente abundantes galerías comerciales. Casi 30, sumando cerca de 1.000 locales.

Ourense. 10-10-2015.Galerías comerciales. Paz

Voy a hablar de las galerías, que es lo más original para este caso. Estas galerías son una idea brillante para cualquier lugar en el que llueva a menudo o haga frío o calor extremo, porque puedes pasearte bajo techo, pero alguien inventó los centros comerciales y jodió su atractivo para los negocios. Ahora muchas están casi vacías pero es maravilloso encontrar recovecos dentro de los edificios que te llevan a otras calles, o a plazas interiores, o a locales que se mantienen igual que en 1980. Es una sensación extraña estar en un sitio en el que hay un equilibrio extraño entre belleza, decisiones erróneas, decadencia y posibilidades. Ourense es, en ese sentido, bastante parecido a sus galerías comerciales, y a mí me causa una sensación parecida a la que me causa Galicia en general. Mis amigos ourensanos no comparten esto porque dicen que los que somos de la costa vivimos en un dinamismo que nos impide comprender realmente cómo funciona Ourense (para saber más sobre la diferencia entre la Galicia costera y las provincias de Lugo y Ourense es mejor escuchar los discos de Emilio José). Pero hoy he leído en una entrevista esta reflexión de Rafa Anido, referida a Galicia pero que es más o menos igual de aplicable a Ourense: “En cien años o así desaparecerá después de ser de uno de los primeros países de Europa, así que hay que cantarle en su ocaso. Mantuvieron sus costumbres, su idioma durante 2000 años, pero ahora se amontonan en barrios de las ciudades, queman su bosque, se van al centro comercial y no tienen hijos.”

Hay motivos para la esperanza? Ahora es cuando debería decir que el Torgal es uno, y en cierta manera es cierto, por lo menos para quién trabaje en la cultura. ¿Pero a quién le importa esa gente? El motivo real para tener esperanza me parece más bien el rechazo absoluto que tengo por la desesperanza (aunque la gente no tenga bebés). Lo que más inspirador me parece de toda la trayectoria del Torgal es su desprecio por la desesperanza y su optimismo a la hora de hacer cosas en Ourense y transformar a su manera la ciudad. Mis amigos hicieron cosas en Ourense y acabaron dándola por perdida por la falta de reacción. Pero espero que vuelvan a hacerlas, porque cualquier acción creativa pone algo donde no lo había. La imaginación es el principio de las revoluciones, o si queremos ponerlo en términos más próximos a las Mareas, es el principio del cambio. Habría que hacer algo con esas galerías.

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“Por suerte tengo guitarra…”

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A finais do ano pasado estiven traballando en Ourense un mes e medio. Quedei na casa de Toni (baixista de Monstruo, camarógrafo, mecánico, electrónico e xenio) e Lucía (profesora filósofa de referencia e irmá de Toni) pero non cadrei todo o tempo que querería con eles polos traballos e horarios de cada un. Nalgún rato libre na casa quixen facer uso do seu tocadiscos, pero estaban recén mudados e só había tres discos: Tommy dos Who, un directo dos Monty Python e Homenaje a Violeta Parra de Mercedes Sosa. Os Who foron seguramente o meu primeiro grupo favorito que non era favorito de meus pais e tiven un rencontro intenso con eles unha tarde, pero non tiven ganas de poñer Tommy moito máis porque xa o escoitei un millón de veces. Para desfrutar dos Monty Python aínda necesito subtítulos, así que acabei poñendo o de Mercedes Sosa moi a miúdo e namoreime desta canción, “La carta”:

É unha canción absolutamente simple, de dous acordes. O único cambio é pasar de alternar entre os dous a usar só un, pero esa simpleza é perfecta para soster a forza da melodía e (sobre todo) da narración: chega unha carta* na que lle din a Mercedes (na orixinal a Violeta, claro) que o seu irmán foi apresado e maltratado por apoiar un paro. Ela parte da rabia persoal (sen perder a dignidade) para facer un retrato da inxustiza, a desigualdade e o abuso de poder**: “Yo que me encuentro tan lejos / esperando una noticia / me viene a decir la carta que en mi patria no hay justicia / los hambrientos piden pan, plomo les da la milicia”. Cada estrofa acaba cun “Si”, unha estraña reafirmación do que acaba de dicirse, case ameazadora. Vaise unindo a Mercedes o acompañamento e as voces de Quilapayún, unha música que me parece ao mesmo tempo sutil e poderosa, sobre todo por ese bombo que é toda a percusión do tema. Ao final, despois de animar á revolución, os versos que máis me engancharon, que acaban con un “Sí!” moito máis rotundo que os anteriores:

Por suerte tengo guitarra
y también tengo mi voz
también tengo siete hermanos
fuera del que se engrilló
Todos revolucionarios
con el favor de mi Dios

Emocióname moito a aparición da guitarra na mestura de experiencia concreta e conceptos abstractos da letra. A guitarra e a voz son ferramentas para a expresión, extensións dun sentimento íntimo. A guitarra e a voz aparecen vinculados a Mercedes ao lado dos seus sete irmáns, algo que me parece unha mostra da forza que pode ter a conexión dunha persoa cos instrumentos que toca. “Por suerte tengo guitarra” pode ser igual que dicir “por sorte non estou soa”. É algo que queda máis concreto na versión orixinal de Violeta Parra, que é máis vulnerable, un pouco menos afectada e quizais menos pulida (pero cun primitivismo rítmico que case me parece krautrock). Violeta cantaba “por suerte tengo guitarra / para llorar mi dolor”. Efectivamente, para iso serve a guitarra: unha amiga, un ombro sobre o que chorar. Pero ao non concretalo e unilo a ese ter voz, na versión de Mercedes Sosa a guitarra parece unha arma. É algo co que defenderse e algo co que atacar.

Violeta_Parra.jpgGústame que se manteña esa ambigüidade, porque é a mesma coa que eu entendo a música: algo que (seino) serve para sentirse menos só e algo que (gustaríame crer) serve para converter as ideas nalgo máis afiado. Son dúas caras da mesma moeda, supoño, e as cancións que máis me emocionan son normalmente as que tiran cara os dous lados.

Pero, volvendo ao tema, é curioso que a guitarra sexa o instrumento con máis poder simbólico para representar o total da música. Resultaríame raro que alguén cantase “por suerte tengo piano”, a pesar de que é outro instrumento que pode darnos harmonía á vez que cantamos. Tamén que alguén cantase “por suerte tengo tambores”, a pesar de que sexan o máis asociado ás armas e de que a percusión sexa a forma de música máis primitiva. Ou tamén que alguén cantase “por suerte tengo ordenador portátil”, a pesar de que sexa hoxe en día o instrumento barato por excelencia***. Isto último paréceme o máis ridículo: aínda que pase moito máis tempo co portátil que coa guitarra, este é unha máquina sen carisma, intercambiable e fría. Quizais demasiado versátil. Pode valer para facer cousas íntimas como escribir ou falar con seres queridos, pero tamén vale para demasiadas cousas banais como para que poida collerlle cariño. A guitarra serve para menos cousas pero cousas que no meu caso me parecen máis cruciais.

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Foto de Javier Fernández Pérez de Lis

E non son o único, claro: as mencións á guitarra sempre me chaman a atención cando aparecen en cancións e fanme sentir a miúdo esa dualidade. A guitarra como resistencia á soidade está en “Moverme de aquí” de Aries:

Realmente é habitual que as letras de Aries falen dunha reacción á soidade e á tristeza, e que esa reacción suceda a través da música. Ás veces é explícito, supoño, pero o máis interesante é que os seus temas teñen atmosferas que os fan absorbentes, case habitables, se esa é unha maneira válida de describir unha canción pop. O espazo que crean é íntimo e puro, e cando consigo entrar nel acabo sentindo que a beleza fai que a angustia quede anulada, apagada… (estou tentando non dicir “exorcizada”, pero é o primeiro que se me ocorreu). “Si te sientes solo no eres el único”, cantaba en “Lo que no eliges“, e a min sérveme de moito escoitalo, porque me sinto acompañado. En “Moverme de aquí” di “solo toco la guitarra” nunha situación que me parece angustiante pero na que hai unha saída no interlocutor ou interlocutora (“te siento / si eres feliz, repítemelo”). A guitarra paréceme algo ao que agarrarse nese sitio do que non pode moverse, aínda que podería estar equivocado, claro. Supoño que penso que a guitarra (a música) é a mellor compañía. A resposta ideal á pregunta de que levarías a unha illa deserta.

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Ou ao sitio no que esa angustia pode facerse máis patente. Nese sentido e se cadra en calquera outro, a miña canción favorita sobre a guitarra é “Mi guitarra”, de Lidia Damunt:

A canción ten dúas estrofas tristes ás que responde o estribillo repetindo “Y mi guitarra es una máquina de matar el tiempo”. Nunha entrevista Carlos Pérez de Ziriza preguntáballe se a variación sobre o eslogan de Woody Guthrie (“This machine kills fascists”) era unha maneira “de quitar ferro a calquera posible comparación con el ou ao suposto poder transformador do rock na sociedade”, pero ela explicaba que era unha canción sobre o tempo que seu pai pasou inconsciente no hospital antes de morrer. Que estaba alí sempre coa súa guitarra, que efectivamente serve para calmar a desesperación e facer tempo. Hai unha cousa catártica en tocar a guitarra (isto si que o teñen moitos instrumentos musicais), unha liberación en poder rasgala mentras fas forza cos dedos para facer un acorde. É un instrumento que suxeitas contra o corpo e pode dar, pola vibración, a sensación de que o ruido sae de ti, e de que con ese ruido botas algún demo fóra. Ese poder explica que a frase se pareza á de Woody Guthrie pero con esa variación tan emotiva. É normal: a única diferenza é que apunta cara adentro (cara matar o tempo) e non cara a fóra (cara matar fascistas), pero supoño que non fai que deixe de ser unha arma. Para facer calquera cousa hai que ser quen de sobrevivir á tristeza.

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[Cando tiña dezasete anos xuntei uns aforros e un aguinaldo da miña tía e merquei a miña guitarra, e estiven moi contento e fíxenlle unha foto e subina ao meu Fotolog. Falaba de non ser quen de bautizala a pesar de sentir que era como unha persoa. Era un pouco prosa de adolescente facéndose o interesante pero creo que había algo de verdade naquelo.]

 

* Outra canción sobre unha carta que escoitaría un millón de veces:

** Para min, a rabia e dignidade na denuncia da inxustiza de “La carta” resona moito cos casos da xente que está sendo detida agora por suposta apoloxía do terrorismo nas súas cancións, quizais especialmente co de La Insurgencia por algún testemuño contado dende fóra, como o da nai de Saúl:

*** É importante o barato e manexable das guitarras para que teñan esa capacidade de facer compañía. Podes comprar unha guitarra Academy por 120 pavos ou así, e podes camiñar con elas. E as que non son eléctricas podes tocalas en calquera sitio. Bueno, as eléctricas tamén aínda que só as escoites ti. E é un instrumento que sona cando o tocas, co cal non se volve moi frustrante e ofrece a mitoloxía automática de converterte en creador ou creadora de rocanrol no momento no que agarras as “guitarras guardadas en el placard“, como cantan El Mató a un Policía Motorizado. É unha satisfacción tremenda porque te encadras de súpeto dentro dunha tradición que, por falsa que sexa, sintes como rebelde, antisocial, valente e molona. Claro que iso tampouco é o rol do rock and roll agora e en todo caso este artigo non ía sobre iso.

Máis cancións que falan de guitarras e das que non falei aquí porque non se refiren ao que quería dicir: “Ó Miguel” de Pega Monstro; “Won’t Get Fooled Again” de The Who; “Con mi guitarra mataré a tu mamá” de Superuva, que atopei neste artigo que lle vin compartir a María Velo; “So You Want To Be a Rock and Roll Star” dos Byrds e outras cancións sobre o rock como “Quiero bailar rock and roll” de Cucharada ou “It Will Stand” de The Showmen. “A Voz do Violão” de Caetano Veloso si que fala diso (“eu tenho um companheiro inseparável / na voz do meu plangente violão”) pero é unha canción coa que non teño eu unha relación de intimidade porque acabo de atopala agora. “Fender Stratocaster” de Jonathan Richman resúmeo todo moi guai pero xa falei suficiente del na entrada anterior.